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March 24, 2014

Sobre héroes y tumbas - Pablo Patrucco

Pablo Patrucco
Art is immediate and visual, that’s probably its main strength. However, as a writer I have no more than letters and words, and I have to rely on someone else’s patience to have my text read.

So I admire those who are able to express themselves visually, and perhaps that has led to me to draw, or at least try, in the past. But I'm never satisfied with my drawings, as I think they have no inherent beauty. 


my drawing / mi dibujo
However, one should define what beauty is in the first place. Here a noble spirit does not equal a beautiful subject, far from it, the mind and the intellect are worthless when the body is the only substance we can dare to grab; the Platonic Ideal world has no meddling with this world, the only world we know. For some, beauty lies, without a doubt, in the Apollonian concept as Nietzsche would understand it: Clean lines, symmetry and harmonic design that serve but one purpose: to conceal the true horror of existence, to veil and cover the real. 

Kant would also elaborate beauty as the intrinsic relationship between life and death, and in this correlation beauty would be that which reminds people of death, which makes people accept the possibility of death; beauty could only be found in humanity's own mortality, as so many artistic masterworks convey so extraordinarily.

Finally, isn't beauty irremediably linked to desire? According to Lacan's theories, there can be a phantasmatic recipient of one's desire. In many ways, this will reside in the imaginary order, first and foremost an image, an image full of erotic power and seductive force, but only an image at last. It's through sheer power of desire, that one seemingly vanquishes an entire life of reality and replaces it with fantasy. There is only fantasy. Fantasy driven by desire. Fantasy that encapsulates and idolizes the object of our desire.

Art and beauty share one immortal truth: the ability to move men and women hearts in unforeseen ways; the ability to destabilize society's strict and rigid laws, the ability to find its way regardless of prohibitions or dire outcomes. Perhaps the art I enjoy the most is that which is about the possibility of beauty and the failure of desire.
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Bolognesi de Pablo Patrucco

Desde hace años admiro la obra de Pablo Patrucco, artista que ha logrado plasmar en sus lienzos la realidad que nos rodea, con una belleza inesperada, una solvencia envidiable y un amor por el detalle que trasciende lo minúsculo para abarcar lo universal. Con una destreza contundente, Patrucco nos demuestra que lo bello, ese ideal platónico que parece cada vez más inalcanzable en nuestra época, es todavía posible.

En el 2012, entre mis 7 distinciones anuales al panorama artístico limeño, elegí “Materia oscura”, de Pablo Patrucco, como la mejor muestra individual del año. Han pasado ya muchísimos meses en los que casi no había vuelto a ver nada de este talentoso artista, pero en el transcurso de ese tiempo he sentido cada vez mayor afinidad por su obra. Por eso, me entusiasmé al saber que la semana pasada se inauguraba “Sobre héroes y tumbas” en la Sala Luis Miró Quesada Garland.

Con el título de la muestra, Patrucco sin duda alude a la novela homónima de Sábato, libro que leí cuando estaba en secundaria y que quizás Pablo leyó también por aquellos años. Por esas coincidencias extrañas, una noche, mientras conversaba con Didi Arteta en la Galería Cecilia González, descubrí que Pablo era, al igual que yo, reyrrojino. Y quizás, por haber estudiado en Los Reyes Rojos, ya leíamos obras como “Sobre héroes y tumbas” y también, seguramente, aprendíamos historia de manera ligeramente distinta a como se aprende en otras instituciones educativas. Algo de este cuestionamiento está en la muestra que se exhibe hasta abril en la sala miraflorina. ¿Quiénes son estos próceres de la patria, inmortalizados en bronce y, quizás, invisibilizados a fuerza de rutina y repeticiones memorísticas colegiales? ¿En qué medida la historia de nuestra nación, plagada de guerras, muerte y héroes, tanto falsos como verdaderos, sigue siendo presentada y representada en nuestro imaginario colectivo?

Son preguntas atrayentes, y sin duda la lúcida mirada de Pablo Patrucco nos permite tantear una respuesta al tiempo que nos deleitamos con su exquisito trazo. Desde trabajos a lápiz y carboncillo sobre yute, hasta óleos (técnica poco usada por el artista hasta ahora), pasando por un video histórico de una guerra no menos histórica entre Perú y un país vecino, “Sobre héroes y tumbas” se configura desde ya como una de las mejores muestras del 2014.
San Martín de Pablo Patrucco

Están todos invitados a darse una vuelta por la avenida Larco y recorrer estas salas en las que los héroes dejan sus tumbas del ayer para afincarse en la contemporaneidad.


Arcadio B.

December 29, 2011

Los Reyes Rojos - Constantino Carvallo Rey

I have no idea if there will be enough time before Saturday, but I still wanted to wish you all a Happy New Year.
Michele Del Campo

my drawing / mi dibujo

There are plenty of comic book reviews scheduled for the next few days which I’m sure you will enjoy. 

And now, without further ado I’ll leave you with a painting by Michele Del Campo. Michele was kind enough to include the text I wrote about his paintings in his page:

http://micheledelcampo.wordpress.com/press/


I still haven’t unwrapped any of the books I got for Christmas, I’ll have plenty of reading in 2012, that’s for sure. 

I’m also including the invitations for October, November and December art exhibits.

Finally, I’m including a drawing that will appear in the sci fi issue of a comic book anthology, scheduled for January 2012. That’s just around the corner, fellas! The one with the astronaut statue (check previous posts) is part of this image, which is larger than usual. 
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La última vez que pasé año nuevo en Lima fue el 2004, en la residencia del embajador Santiago Marcovich (actualmente embajador del Perú en Marruecos), una casona barranquina preciosa, a pocos metros del Puente de los Suspiros (desde que Santiago se fue de Perú alquila la casa y, hoy en día, su casa es Santos, conocido bar que forma parte de la vida nocturna del distrito bohemio por excelencia).

Parece que siete años después vuelvo a quedarme en Lima, y no sería del todo descabellado quedarme en mi propio distrito. En fin, en caso que después no tenga tiempo, quería desearle un feliz año nuevo a todos los que leen el blog. Cuando empecé con esto el 2010, creo que tenía 2 o 3 visitas por día, y ahora es raro que bajen de 200. Además, los comentarios frecuentes me han incentivado a escribir posts más a menudo. Así que, nuevamente, gracias a todos.

Como ya se acerca el verano he decidido empezar con un cuadro de Michele Del Campo que me parece magnífico. Michele ha tenido además la gentileza de cartearse conmigo e, incluso, ha incluido el texto que escribí sobre su muestra al lado de otros textos de mucha mayor difusión, como el artículo de El Comercio: 

http://micheledelcampo.wordpress.com/press/

El último trimestre del año nos trajo muy interesantes muestras de arte, que ya he comentado oportunamente, pero quería mostrarles las invitaciones así como uno de mis dibujos (forma parte de la imagen de la estatua del astronauta que incluí en posts anteriores) que aparecerá en el volumen de ciencia ficción de The Gathering (enero 2012). 

Esta navidad los libros fueron los protagonistas, todavía están todos sellados pero inmediatamente empezaré a leer los dos tomos de Constantino Carvallo Rey, fundador de mi colegio, Los Reyes Rojos. Constantino falleció en agosto de 2008. En ese momento, escribí algo que, al igual que el artículo para Michele Del Campo, bien pudo haber salido publicado hace tres años, acompañando a esa vorágine de notas de prensa y artículos que poblaron las páginas de El Comercio, La República, Perú21, Somos, etc. Ahí va.

Fue el lunes 18 de agosto. Y debió empezar con susurros, con murmullos. Debió empezar, acaso, en una sala de esperas. No lo sé. Lo que único que sé es que era demasiado difícil usar esa palabra. Uno encuentra otras maneras de decirlo, intentando suavizar la contundente verdad, pero hasta el verbo fallecer, dicho en voz baja, se convierte en un estruendo arrollador que ensordece y obliga a aceptar la noticia de la muerte.

Ese mismo lunes empezaban las clases en la Católica. Era la primera clase del ciclo. Fueron tres llamadas, tuve que salir y entrar al salón tres veces. La noticia era demasiado terrible. Me costaba asimilarla. Recuerdo haberme sentado con la sensación de estar en cualquier otro lugar menos en esa aula, donde el segundo profesor más aburrido de la facultad hablaba de los temas claves de crítica textual y de la bibliografía sugerida y de etcétera y de etcétera. Imposible concentrarse. Imposible dejar de pensar en Constantino. No en el Constantino entrevistado en televisión o en los periódicos más importantes del país, sino el Constantino que había estado en nuestro salón, dándonos las mejores clases de filosofía, cancelando la hora de geometría para ir a ver películas excelentes a la biblioteca, o inaugurando, así de la nada, un nuevo curso de fotografía, conversando con nosotros en las clásicas asambleas. Ese es el Constantino que recuerdo. Ese es el Constantino que admiraba, el que actuaba como imagino ningún otro director de colegio se atrevería: siguiendo su intuición, creando y viviendo su propia filosofía.

La palabra confirma el hecho, obliga a aceptar la dolorosa verdad; qué complicado incluso susurrar lo que hoy puedo escribir. En ese momento me sentía desubicado, tal vez hasta desamparado. ¿Debía ser absurdamente responsable y quedarme hasta el final de la clase o largarme de inmediato?

Solamente podía pensar en que había visto a Constantino apenas un par de semanas atrás. Vivir a doce cuadras del colegio implica pasar, de vez en cuando, por esa puerta. Había pasado por allí hace poco, había visto a Constantino por última vez, ya él tenía que irse y yo estaba ocupado con alguna de esas insignificantes tareas cotidianas que siempre nos quitan tiempo. Para mí, como para muchos otros compañeros, Constantino Carvallo Rey siempre estaría ahí, tal como explica el poema que da nombre a mi colegio, como uno de los firmes reyes que combaten foscos en lejanías de oro azulinas. Tal vez, a veces, lo veía como uno ve a sus padres, seres siempre presentes que ni conflictos de adolescencia o divorcios lograrán hacer desaparecer, porque ellos no pueden, jamás deben desaparecer de nuestras vidas antes de tiempo.

Y eso pasaba con Constantino. No había ese sentido de urgencia. Él siempre estaría ahí, en esa hermosa casona barranquina, esforzándose al máximo para educarnos, para hacer de nosotros mejores personas. Recuerdo, por ejemplo, que en la presentación de su libro había tanta gente pidiéndole que les dedicara un ejemplar de “Diario Educar” que pensé que lo mejor era no molestarlo en ese momento. Ya iría al colegio “cualquier día de estos”. Al final conseguí su firma ahí mismo, en Dédalo, y ahora ese libro es para mí, mucho más que antes, un tesoro imprescindible. Como ex-alumno lo veía poco pero todos los años me encontraba con él, en los lugares más inesperados, ya fuese en el Wong del bulevar Asia, o en la librería Crisol comprando algún libro. Siempre hablábamos algunos minutos y luego uno de los dos tenía que irse. Pero yo siempre me iba tranquilo, muy tranquilo, sabía que si quería lo podía encontrar en el colegio.

Lamento haber creído en la difícil noción de la presencia eterna. No había forma de anticipar lo que sucedería ese lunes de agosto, pero sé que yo, y muchos otros, nos quedamos sin decirle muchas cosas, nos faltó esa gran conversación que siempre postergábamos. Ahora que ya no está, no importa lo que dejamos de hacer. Al menos me queda la satisfacción de haberlo conocido, de haber sido alumno de los Reyes Rojos.

Después de un lunes, un martes. Y ese martes fue el entierro. No pienso describir aquí los pormenores de ese día. Hubo mucho de murmullos esa tarde, a veces uno se sentía envuelto en un cuidadoso mar de frases apenas susurradas. Ignoro si la presencia de centenares de alumnos, ex-alumnos, profesores, padres de familia y amigos del colegio habrá aliviado en algo el dolor. Pero si de algo estoy seguro es que esa tarde demostramos que Constantino Carvallo estaba presente en todos nosotros y que nunca lo olvidaríamos. Yo, por ejemplo, nunca olvidaré que él siempre tuvo el acierto de obligarnos a hacer lo que no podíamos, me tardó años, pero descubrí lo que estaba detrás de esa exigencia: no existen límites, solamente los que nosotros mismos nos imponemos. Ha pasado poco tiempo. Pero se acabaron ya los murmullos y los susurros. Me  corresponde ahora en voz alta reafirmar mi pertenencia a los Reyes Rojos, a mi colegio.

Arcadio Bolaños.